
Caras anónimas, cubiertas por un halo oscuro y misterioso que la mente no logra descubrir, por mucho empeño que ponga; hablo de los desconocidos. Y aunque pueda resultar tenebroso, me tocó rozarme con algunos de ellos; sin proponérmelo, sin esperármelo pero, así fue. La primera vez, fue a los catorce años, lo recuerdo perfectamente. Un gato se había metido en el motor de un coche (carro, en sudamérica). Varia gente intentó sacarlo por todos los medios, incluso le pusieron leche a las vistas, a ver si al señorito le apetecía salir pero, nada dio resultado. Mi hermano se rindió antes pero, yo, bien tozuda( qué raro ¿no? en un Tauro) me empeñé en sacarlo como fuera. Me agaché bajo el coche pero, no era nada fácil; el gato me huía; tan ágil como era, se escapaba entre los artilugios del coche fácilmente. Un hombre totalmente desconocido se me acercó. Empezó a contarme que él tenía varios gatos en su casa. De repente, me cogió los brazos y poniéndolos delante mío, me dijo:
- ¡Mira qué sucia estás! Y ¡mírate las rodillas! Así, no se puede ir por la calle- yo estaba vestida con manga y pantalones cortos y tirada por el suelo, naturalmente me había puesto hecha una cochina- Métete en el aseo del bar y limpíate- prosiguió él.
Era extraño cómo me agarraba los brazos, con total confianza.
-No, mejor me lavo en mi casa- dije y no debería haberlo dicho, porque mi casa estaba delante de él.
Al día siguiente, nada más levantarme salí al balcón. Mientras allí cruzaba unas palabras con mi madre, de repente, para mi asombro, por ahí estaba el mismo hombre del día anterior,deambulando por los alrededores cual vagabundo.
- ¡Mira, mamá! ¡Es él! - dije apuntándole con un dedo acusador.
-¿Ése? Pero, si es muy mayor ¿no?- replicó mi madre.
Creo que él debió ver el dedo señalándole, sin piedad, por éso, se dio la vuelta rápidamente, yéndose por donde había venido.
Con dieciocho años, venía yo tan tranquila de la academia a la que iba, perdida en mis pensamientos pero, éstos fueron repentinamente interrumpidos.
-Perdón ¿nos conocemos?- preguntó un hombre alto y calvo que prácticamente había saltado delante de mí.
Examiné su cara y nada. Me contó que me había visto por la calle tal, que sabía que tenía una hermana ¡¿Qué?! ¡¡¡Me había estado vigilando!!! ¡¡Y yo sin enterarme!!
-Lo siento, tengo prisa- mentí.
-¡Eh! Perdona ¿eh?- dijo molesto y tonto.
Sería por la misma época, cuando tuve la fatal ocurrencia de ponerme en un banco de un parque, a hacer unos deberes. Entonces, noté como una persona se sentó al lado. Empezó a hablarme, estilo indio.
- Hola, ser Molibú- algo de éso dijo- y ¿tú?
-Sofía- mentí.
-Yo ser un inmigrante que venir aquí a trabajar en una fábrica...
Me mostré algo cortante y distante; sospechaba a lo que venía.
- ¿Tú tener niños? - preguntó
-No, yo no cuido niños- contesté.
-¡¡Noo!! Niños, tuyos, tuyos...
¡¿Qué?! No me lo podía creer; que tan joven como era, pudiera ni si quiera preguntarme éso.
-No.
-¿Tener novio?
-Sí-volví a mentir.
- ¿Por dónde sales?
-No salgo, no me interesa. Me pongo todas las noches a leer en mi cama y estoy muy agusto- contesté intentando dar la sensación de ser la persona más aburrida del mundo.
- ¿Tener teléfono?
-Sí, pero, me lo acaban de cambiar, no me lo sé- inventé.
- Y ¿móvil?
- No tengo móvil.
La cosa se ponía fea...
- Me voy. Me está esperando mi abuela para comer- otra mentira más.
También, sucedió por quedarme sola en otro banco, cuando se me acercó un anciano, que al final se despidió diciéndome que a él le quedaba mucha marcha en el cuerpo aún y que cuando quisiera que le llamase ¡Desgraciado!
No hace mucho, eran las once de la noche. Mis padres no venían y el perro no había bajado. Desobedeciendo las órdenes de mi padre decidí bajarlo. Un hombre joven se acercó.
- ¿Estás sola?
Noté como otro hombre cercano, merodeando por ahí, como un carnívoro esperando a su presa para devorarla.
-Noooo...- dije con voz temblorosa. Corrí y corrí como si de ello dependiera mi vida. Tras mis pasos apresurados escuché un:
- ¡¡¡Eh!!!
No supe cuando les dejé atrás, sólo supe que tenía que correr.
Me acuerdo del caso de esa chica; andaba tranquila por la calle, cuando un joven la miró con simpatía. Por cortesía, ella le sonrió. Pero, cuando empezó a andar, el joven la seguía y seguía. La chica se asustó y tuvo que acudir al amparo de un policía de las inmediaciones.
No muy lejos, mi hermana también estuvo a punto de llamar a la policía.
Con el tiempo saqué estas conclusiones:
- No se te ocurra quedarte sola en un banco más de cinco minutos.
- Recibe a la noche en compañía.
- Cuidado con escoger a quién le mandas tus sonrisas y demás.
- Que no te atrapen con hechizos de palabras bonitas o conversaciones que pretenden ser vistas como magia.
No permitáis jamás que nadie absorva todo lo que sois, que es lo que nos permite ser lo que somos, un yo, un tú.