viernes, marzo 06, 2020

Inusual descubrimiento


Al fin, había terminado el periodo escolar y Jonathan Felipe consideró que era el momento propicio para arreglar aquel desolado jardín. Bajo la lámpara asfixiante del sol estival, colocó la regadera en el suelo. «¡Estas lindas margaritas africanas darán más vida a mi vida!», pensó. Con paso bailarín y una leve curvatura en sus labios, comenzó el trabajo.

Cuando ya llegó a la mitad de la valla trasera y hundió la pequeña pala azul en la tierra, percibió una variación inusual de su consistencia: en aquel punto resultaba más fácil de remover como si un tipo de animal o persona hubiera escarbado previamente allí. Siguió hundiendo la pala; los granos se deslizaban por ella con la facilidad de la caricia de las gotas de lluvia sobre el cristal. De repente, esta leve fragilidad se vio interrumpida por una discordante dureza ¿Qué es eso? Jonathan Felipe retiró el resto de la tierra.

—¡Pucha! —exclamó con estupor, mientras apartaba la vista del agujero y aguantaba su deseo de vomitar pues, allí mismo descansaba un dedo blanco y fino engalanado con un solitario en el que  se incrustaba un precioso topacio azul.

¿Qué hacer? ¿Coger el dedo? ¿Dejarlo? ¿Llamar a la policía?  Entonces, pensó en Pedro, antiguo propietario de la casa y con el que había trabado una buena amistad. ¡Pucha!  Era un hombre tan agradable,simpático y se había comportado tan bien con él... Él era el perfecto bastón en el que apoyarse, en el que olvidar aquella terrible cuchillada de la infancia que planeaba sobre su vida, impidiéndole ser completamente feliz ¿Sería Pedro un asesino? ¿Debía exponerle a la policía y que lo pasara mal? Finalmente, optó por lo correcto y no tardaron en venir aquellos hombres de ley, recoger el dedo, inspeccionar el resto del terreno y marchar ¡Menudo desastre que armaron! Pero todo servía para saber la verdad.

Tras dos días de absoluto desconocimiento y una red de preguntas que se entremetían en la sutilidad de sus sueños, llamó a la policía.

—Pedro Dueñas es inocente — anunció el agente.

—¿De verdad?

—Verdad

—¿Y qué ocurre con el dedo?

—No te preocupes: el caso está resuelto.

El agente comunicó a Jonathan Felipe que no podía seguir en el teléfono y colgó, sumiéndole en una confusión aún más borrosa. Si Pedro era inocente ¿quién sería el asesino? Y ¿porqué el dedo de la esposa de Pedro estaba en el jardín? Resultaba inverosímil que no continuara la investigación con tan espeluznante hallazgo ¡Menudos agentes de ley debían de ser aquéllos! Jonathan Felipe decidió que Pedro era el que mejor resolvería sus dudas.

Mientras caminaba por el Paseo de la Castellana, los mismos pensamientos se le repetían en la cabeza , como el infatigable «tic, tac» de un antiguo reloj de salón: había expuesto a su amigo a la tensa presencia de la policía y dudado de su inocencia ¿Pedro se lo perdonaría? Ojalá fuera capaz de ello pues, siempre le resultaba extremadamente difícil sobrellevar cada nuevo abandono; bastantes toneladas pesaba ya el de su propia familia cuando él apenas contaba con 5 años y medio. Cada nuevo abandono es un nuevo agujero en el corazón y cada nuevo agujero, un nuevo grito sangriento, lleno de asfixiante dolor que te acerca cada día más a la escalofriante puñalada de un tren que te roba la vida —al menos, así lo vivía Jonathan  Felipe.

Pedro le ofreció una cerveza, que él rechazó con educación.  Ahí se hallaba aquel hombre rechoncho con  camiseta negra y jeans de andar por casa.

—Discúlpame, Pedro, por llamar a la policía.

—¿Fuiste tú? —Entonces, los ojos de Pedro miraron fijamente los de Jonathan como las ventanas de los edificios que ven sin ver y todo él se tornó una estatua.—Así que crees que soy un asesino, ¿no?

—Discúlpame, Pedro. Vi aquel dedo en tu jardín...

—¡Ja,ja,ja! Tranqui, amigo, lo entiendo. Estaba bromeando.

—¿Por qué estaba el dedo en mi jardín?

—Sandra nunca quiso que la incineraran. Ella murió y mi mundo se desmoronó.—Pedro se secó una lágrima fugaz que brotó de su ojo izquierdo. — Me costó cortarle el dedo, pero pensé que valía la pena tener aquella parte de su piel; así, cada vez que la echara en falta desenterraría el dedo, cerraría los ojos y lo rozaría con mi piel. Así, la tendría físicamente durante un tiempo y no solo en recuerdos, fotos o vídeos. Pero enseguida te vendí la casa y se me olvidó llevarme el dedo. No me atreví a pedírtelo ¿Qué ibas a pensar de mí? Así que estaba esperando a que me invitaras a alguna barbacoa o tarde de cervezas para intentar recuperarlo sin que te dieras cuenta. Je,je