martes, febrero 09, 2010

Algo raro.


Devianart.

Pueden que digan que sea un monstruo. Puede. A veces, camina por las calles, con pies de zombi, de piedra, de losas incómodas, perezosas en huracanes del tiempo. Y se sienta en la luna y se aleja en un mar de cintas celestes. Baja. Sube. Se va. Vuelve. Pero, últimamente le pasa algo: olvida las maletas, las maletas de mariposas, de rojo, de lluvia. No están. Se perdieron. Se quedaron en alguna estación extraña, durmiendo, esperando en esperas de olvido. Porque ha visto demasiadas espadas, las ha sentido, las ha oído vituperar en el aire. Ha vivido el sonido sangrante de los afilados cuchillos que muerden corazones. Antes, le dolían. Notaba el sabor a sangre, sangre de melancolía, sangre chillante, sangre de gotas de noche. Pero, ya no lo nota; tantas heridas lloraron, que se gastaron sus lágrimas, sus voces de silencio. Han volado las mariposas, los rojos, la lluvia, ¿para qué llevar maletas vacías?

Es raro caminar así, ligera, cuando los brazos estaban acostumbrados a abrazar, a sentir el peso del montacargas de flores, de nieve. Ahora simplemente se abandonan al vacío, aunque así, al menos, se respira el silencio de los árboles y los lenguajes secretos, que vuelan por el viento y cuentan sus cuentos.

Camina sin maletas y se siente muerta. ¿Cómo pueden los demás caminar así? ¿Quizás duermen en sueños? Ojalá fueran nubes las que hablaran por las mañanas.

domingo, febrero 07, 2010

Melodía acelerada.


Deviantart.

El sol se dejaba caer sobre las mesas oscuras del viejo laboratorio. Entraba a través de las ventanas como las gasas de seda, suaves, voladoras, transparentes, de un hada madrina. Danzaban sus rayos de magia, entre el olor a alcohol, reactivos extraños, cuerpos inertes y sangres de algún que otro vampiro desconocido. Los aprendices iban y venían, ciegos sus ojos por el palco de la costumbre y se entretenían, se perdían, bullían entre entes de aparatos extraños: pequeños camiones sin ruedas, con misteriosos botones y bocas dispares.

Hoy tocaba esfingomanómetro y estetoscopio. Hoy se medirían tensiones, tensiones arteriales, y se cazarían en una hoja de papel.

- Laura y Pedro van hoy juntos- anunció la profesora.

Pedro era un chico alto, de ojos marrones y pelo de noche. No era lo que cualquier chica hubiera considerado atractivo, pero tenía algo, sí, algo dulce como un enrejado de chocolate. Tenía compañerismo, sí, unas manos fuertes, de ésas poco pensantes, dispuestas a cogerte cuando estás a punto de caer por el despeñadero. Tenía palabras de paz y una sonrisa interna que a veces susurraba su risa y coloreaba la oscuridad.

Ahora, Laura se veía turbada, al tener que tratar con este chico con el que apenas se había molestado en hablar; no sólo le pasaba con él, sino con los demás. Con las mujeres era diferente, porque era un trato de igual a igual: con ellas no hacía falta guardar distancias ni refugiarse en un refugio inalcanzable. Ellas eran delfines con las que poder trazar líneas paralelas y bailar sin ningún temor. Porque más difícilmente te darían un manotazo a la primera de cambio. Porque leerían los silencios negativos, silencios de dolor o de rabia y sabrían compartirlos.

Laura y Pedro se enfrentaron, convirtiéndose así en ventanas el uno del otro. Unas palabras estúpidas, que jamás debieron haber salido, surgieron de los labios de ella, unas palabras de cuentos de abuela, de ansias de coser espacios de vida. Sin embargo, él las correspondió amablemente, en vez de dejarlas vagar solitarias en su mar de ridículo, las correspondió con una sonrisa de balsa inquieta -al menos, eso le pareció a Laura. Luego, él se sentó, se remangó la manga y dejó al descubierto su brazo desnudo, su brazo varón, de hierro, de fuerza.

- Busca antes mi pulso- dijo él, al ver que a ella casi se le olvida.

- ¿Pulso? A mí me han dicho que no hace falta.

Aun así, ella obedeció, paseando sus yemas por su piel observadora, aquel manto silente pero, cubierto de sensaciones, deseando que aquel ritual acabara lo antes posible. Por suerte, enseguida encontró el pulso.

- Aquí- dijo con toda la seguridad y tranquilidad de la que fue capaz, aunque por supuesto, sólo eran mares de espejo.

Laura rodeó su brazo con el esfingomanómetro.

- ¿Te aprieta?- preguntó su voz de iceberg mientras concentraba la vista en su trabajo, evitando un roce de miradas.

- No- respondió.

Acto seguido, se colocó el estetoscopio y contactó su redondel de artificialidad con el mismo lugar en el que instantes antes había palpado su terremoto de poder, su volcán de la vida. Hinchó el esfingomanómetro pero, resultó que al oír sus pasos, éstos se oyeron mucho antes de lo que era de esperarse. Después cuando el aire dejó de afixiar su brazo, enjauló al dato en el mundo del papel.

- Tienes la tensión muy alta. ¿Siempre la tienes así?

- Sí -mintió.

Después, le tocó a Pedro. Ahora era él quien palpaba la piel ajena, descubría melodías aceleradas y ríos de lava desmedida. También la tensión de Laura quería ascender al juego de nubes.

- Estás nerviosa ¿eh?- concluyó él con su sonrisa de té.

- Pues no sé... El año pasado me pasó pero, era porque acababa de hacer un examen ... - no estaba acostumbrada a mentir. Además era verdad, sí, para ella lo era; tenía que ser así: no sabía. No sabía nada.

Aquel conjunto de minutos ininteligibles, se perdió entre el humo del final de un ocaso pero, no lo hizo en los días siguientes, donde la melodía de las miradas y de palabras de miel siguió cantando.

martes, febrero 02, 2010

Pueblo extraño.

Se cansó de pasear en ese pueblo extraño. Se había parado en cada puerta de lluvia, dejando un ramo de flores y quizás algún pedacito de algo que no podía o quería aún identificar. Pero, cuando el diluvio le alcanzó y empapó sus ropas, sus ropas de viento y de vida, se encontró esas mismas puertas cerradas, aquéllas en las que se habían dibujado cortinas de paz, de mar, gracias a sus pasos cercanos. Sólo se abría alguna, medio tímida y sigilosa, con el único propósito de satisfacer su interés y de ser alimentada como el polluelo desesperado que chupa con ansia el gusanillo que le da la madre. Pocas aberturas de pared, se abrían por el mero placer de dibujar sonrisas y soles de cabellos dorados. Pocas eran gratuitas, simples, genuinas. Pocas tenían efecto boomerang, brazos abiertos, cartas de correspondencia; era un pueblo extraño, como dije. Quizás miró en el lugar equivocado y desperdició energías y gritos de nudillos en algunas puertas que sólo devuelven silencios y las voces ahogadas, cansan. Puede ser que se fijara más en ellas, puertas calladas e insípidas de contenido, puertas de agujero, agujeros de diccionario, de gravedad, de existencia, de luz. Agujeros negros de espacio. Había derramado tantos vasos de energía, que apenas llegó ésta a las puertas verdaderas: aquéllas en las que se adivinaban los bailes de luz. Aquéllas en las que olía a leña de hogar. Aquéllas que con sus brazos abarcaban playas de infinitos. Se había desviado del camino; una oda equivocada, paraje desubicado. Ahora trataba de aunar energías de bosque y hierba fresca, sólo para aquellas puertas, las especiales, las de abrazos de sol. Seguirían dibujándose pasos de caballero y sería pluma porque al fin y al cabo, siempre había sido libre.

viernes, enero 29, 2010

Sebastián.



Conduje por la costa
. La madrugada ya había abierto sus brazos de rocío estrellado pero, no importaba; en realidad, ya nada importaba con tal de escapar. ¿Dónde iba? No lo sé. Sólo se sentía el crujir del viento huracanado del tiempo, del movimiento, de la vida. Las imágenes caminaban, unas tras otras, separadas, independientes, como el negativo de una cámara vieja y llena de arrugas. Me dejé tragar por la boca desdentada de un túnel de autopista, para acabar saliendo enseguida de su aparato digestivo. Y me perdí, me perdí para siempre. De repente, algo extraño pasó: la carretera se durmió bajo un prado de olas y de crestas de espuma. Y las ruedas rozaron sus pieles morenas contra la libertad salada. No sé cuántas lunas caerían en este viaje, un viaje para nada aburrido, sino lleno de espejos, pequeñas charcas de realidades del mundo.

Llegué a El país - así es como lo llamo- y no me pidan el nombre, que se cayó con el papel higiénico de la no memoria. Aquí, el paro quedó marchito en una parada de autobús; el árbol de la delincuencia, talado y la pobreza, pisoteada por una sonrisa de monedas de oro. Los edificios, se engalonaron con sus mejores galas de uñas de fortaleza y modernidad y el horizonte se tiñó de puertas de esperanza, abrazos de futuro, un futuro que ya no se confundía con las tinieblas de la noche, sino que estaba ahí, ansioso por dar su beso de vida. Os preguntaréis que cómo se logró todo esto, que qué pieza fue la artífice de estas maravillas. Simple: Sebastián. Sebastián no era un político cualquiera; ya antes de subir al poder pensaba en su pueblo, en diferentes páginas del día y de la noche. " El pueblo es un hijo al que hay que mimar. Ampliando el horizonte hasta las montañas del infinito, nos acercaremos más al amor", se decía. Por eso, ahora, los habitantes nadaban en globos de colores y en círculos inmensos de bienestar. Hoy vivían de las risas y de los toques de mano. Porque Sebastián no se dejó engatusar por el cigarro del poder. Porque él sabía quién era y hacia donde quería llegar; él también era pueblo. Porque las nubes no distinguen de trajes ni de disfraces y si las dejan venir, lo cubren todo. Sebastián lo logró: un sol rabiosamente radiante para todos. Ya os lo dije: Sebastián no es un simple político. No piensa sólo en sí mismo. Es un ángel. Un héroe.

miércoles, enero 27, 2010

Visitantes secretos.


Deviantart.

Se fueron las horas, los minutos, los segundos. Se ahogaron las risas, los rostros, los toques de compañía. Y los paisajes alargaron sus distancias. Y los sueños quedaron colgados en el guardarropa de estrellas. Se fue una lágrima, un corazón, un pétalo agonizante. Se fue el mago, el coco, el ratoncito Pérez. Se fue la bebida, el cigarro, la comida. Todo se fundió en la multitud desordenada del mundo. Sólo quedaron los pies, que abrirían nuevas puertas del mundo.

La pared está repleta de marcos vacíos, de sombras huecas, de voces sin voz. Y es en el patio de los recuerdos, donde se respira una brisa suave de hojarasca que trae consigo poemas de ayer. Grita la cabellera andante de los árboles, llora la nostalgia, llueve la memoria, hasta quedar dormidas. Y los pies seguirán cruzando la verja del horizonte, desvelando misterios que tarde o temprano se agregarán al poemario.
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χαμόγελα me dio este regalito. ¡Gracias!

viernes, enero 22, 2010

¡Craso error!

El autobús, lento hipopótamo de cuatro ruedas, deslizaba sus pies con el suave sigilio de una caricia; como siempre, el trayecto enrevesado, los semáforos, el humo denso del tráfico y el baile incesante de la ciudad, impedían que ganara a las estrellas de ojos fugaces. También estaban las paradas, que contribuían a ese caminar entorpecido, atontado, sin ritmo de mar.

Un nuevo stop, trajo consigo un nuevo reguero de cuerpos, vestidos de anonimato insípido, de un reconocimiento que anulaba la oscuridad, pero, a Jesús, hubo uno que se le antojó especialmente delicioso. Para su suerte, no se colocó muy alejado de él, sólo unos centímetros más adelante. Lentamente, fue recorriéndolo, adivinando cada tramo que escondían las cortinas inoportunas que guardaban sus secretos; primero, el pie; un delicado tobillo de porcelana; las piernas de brazo gitano, que parecían acabar en la graciosa campana de las caderas- no se veían bien: el tosco abrigo las secuestraba con su abrazo- pero, no importaba: lo bueno de la mente es que puede dibujar sin pinceles cuando agarra en el aire un respiro de imaginación. Así que siguió resolviendo la ecuación de lo físico, de las paredes que no dejan ver: ahora, la tripa y fue ascendiendo por el tronco del árbol... hasta llegar a la dormida turgencia de las montañas. La mirada animal siguió trepando... Cuello;pronto se acercaría a esa zona ovalada que pondría rostro de identidad, pero, al llegar ahí, no encontró lo que esperaba: la aspereza de una barba varonil, de un improvisado césped cortado a maquinilla, sustituía lo que debía haber sido seda. Entonces, su baile de hormonas murió marchitado.

domingo, enero 17, 2010

Norte y Sur. Este y Oeste.


Deviantart.

En el sótano está la primera pista; basta con mirar el rostro de la mujer que allí se halla, amasando la masa deliciosa de un recuerdo. Sus ojos son dos lagos azules, moteados por las chispas del sol. Y los pensamientos desafían al tiempo: estar sin estar. Ser imagen de un espejo.

Le conoció en la plaza. Sus ojos de fuego la dibujaron en el horizonte y besaron los suyos con boomerangs de distancia. Eso fue antes de las palabras que vendrían después, fluyendo como el agua corriente. Cree que desde el principio ocurrió esa conexión especial que une a las personas, ese circuito que siempre se espera que funcione bien y que no pegue un chispazo, un choque, un cortocircuito que quizás ni los mecánicos del perdón puedan arreglar. Y llegó el beso cálido, mariposas suaves que se posan en los labios y golpean el corazón, despertándolo de su maqueta de sueños.

Cuando vio su mano convirtiéndose en la intrusa de un despistado bolsillo, sus ojos se empaparon de sorpresa. Ella, policía, hacedora de la ley ¿cómo podía haber acabado en aquella red, pintando estrellas de anhelos? << ¡Es la pobreza la que me ha traido aquí! >> le había dicho alterado ante su reproche de cuchillos.

Ladrón. Policía. Ley. Delito. Pobre. Acomodada. Dos mundos diferentes se unieron al papel del destino o lo que quiera que sea. ¿Llevarle a comisaría? ¿No llevarle? No, no lo haría. Además, todo el mundo merece una segunda oportunidad, una pista en la que poder desplegar sus alas, en la que poder sentir el azote del viento para intentar volar. Y hoy, por primera vez le daría un soplo de vida y le diría que sí.

Quién sabe quién es el verdadero mago que embruja los corazones del solitario. Así que protégete bien, no sea que te vaya a comer.