
El invierno trae el gris de un cielo húmedo y una ciudad hastiada. Las lágrimas calladas del recuerdo, lamen cada centímetro de mi corazón. Pero, no te engañes, es un dolor efímero, fugaz, puntual, un dolor al recordar el momento en que las insaciables fauces del precipicio engulleron el hermoso castillo de príncipes y princesas que habíamos ido creando.
Lo admito: aquella mañana de verano, hice mis maletas y me embarqué en la carretera de la locura. Es un camino enrevesado, donde las ruedas del coche patinan con facilidad y por ello hay que ir pisando el freno para no estrellarse. No soy la única: otros coches de conductores de almas perdidas o ahogadas en un charco salino, me acompañaban. Tantas muertes habré visto... pero, también resurrecciones. Por eso, decidí seguir con calma, porque creo en el color esperanza, porque quiero creer, porque lo necesito, aun muera una y cien mil veces. Es un color precioso, que ondea el cielo en una victoriosa bandera y sonríe.
Al otro lado de la carretera vi el edificio, pequeño, modesto y blanco como la nieve. Ya había oído hablar de este tipo de construcciones. Con trato amable me recibieron. Aquellos días fueron duros: mucho ejercicio al que no estaba acostumbrada y mucha disciplina. Luego, la ortodoncia, el maquillaje especial, las lentes para cambiarme el color de los ojos, el bronceado, el pelo moreno y rizado, el estilo con clase y la ropa cara. Ya no era la dulce y desolada María, sino la nueva femme fatale, Marta.
Tras kilómetros y kilómetros captados por el contador, llegué a ti. Salías de la cafetería, con tu camiseta blanca y tu traje de luna. Tan joven, tan radiante, tan eterno... No fue difícil captar tu atención. Paseábamos por los parques, al principio con recelo, después con alegría. Jugábamos con los espacios como dos chiquillos traviesos. Ni siquiera notaste que era yo, ni en el sabor de mis besos. Me enrollé en tus sueños y lié tus pensamientos, una vez más.
Y esa noche en la que acabamos sobre el capó de tu coche, esa noche en la que mirando a las estrellas me dijiste un "creo que te quiero", tras que el embrujo del sueño pesara sobre tus párpados, huí. En mi frente lucía el dicho de siempre: quien ríe el último, ríe mejor. Lo único que hice fue devolverte la carta que tú me diste en un principio. Te preguntarás que qué sentido tuvo: ni si quiera yo puedo contestarme. Lo único que sé es que me sentí muy bien. Y es que a pesar de todos esos corazones rotos que me parecía ver, a pesar de la evidencia, jamás admitirías tu segundo oficio: villano. Y es que me cansé, me cansé de ver tantos corazones tirados y saqué mi espada y luché por ellos y siempre lo haré.
Hoy, una inquietud, un dolor melancólico y dormido golpea mi pecho: quizás sea el veneno de mi propia venganza. Pero, no importa: pronto se desvanecerá como las gotas del rocío. Me camuflaré en mi silencio y admitiré que hay historias que quizás jamás deberían empezar. Arrugo la hoja, la tiro a la papelera del pasado, intentando convencerme de que no soy tan mala, una vez más, sólo una pobre demente. Sí, eso debe de ser.
domingo, marzo 29, 2009
Carretera peligrosa.
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Esther
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viernes, marzo 27, 2009
Asómate al reloj del mundo.

Parece increíble el cómo podemos ser como muñecas de cartón: teñimos el mundo con la huella de nuestros días y la realidad está ahí, arriba, volando, por algún lugar. Algún día esos zapatos dejarán de imprimir marcas sobre el papel del hoy, de nuestro hoy; tu hoy distinto del mío, aun aunque pueda compartir un pequeño matiz.
El tiempo corre y se silencia en nuestras mentes. El tiempo es un jinete veloz que ni tú ni yo podemos parar. Nos lleva por caminos distintos y a veces por los mismos. Un encuentro o una despedida. Un beso o una bofetada. Un sueño o una realidad. Una lágrima que corre por tu mejilla o una sonrisa que abarca todo un Universo. El tiempo nos tiene bien amarrados y corremos, corremos a todo momento, da igual incluso que seas paralítico; no puedes escapar ni a las páginas de acontecimientos ni a sus pasos sin pausa, directos y seguros.
Nos creemos con independencia y trazamos nuestros actos en nuestros horizontes pero, hay cosas que no se pueden controlar, que vienen, que van... Un día estás y al otro ya no.
Tengo que guardar un bonito mapa de recuerdos en el baúl de mi alma, para cuando tenga hambre, frío y sed y cuando eso ocurra, espero acordarme de ellos. Son alimento de días sin sol o excelentes compañeros de viaje, que te dicen en todo momento quién fuiste pero, también quién eres. Entonces, mirarás a las estrellas y sabrás que aún eres.
El tiempo corre, lo creas o no, sino, asómate al reloj del mundo.Gracias, tío.
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P.D : aprovecho para decirles que esta fue una bonita experiencia para mí y que si me voy sin avisar, ya pueden sospechar por qué. Creo que en caso de que me fuera, esto merecería una despedida. Pero, de momento, no pienso irme :)
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martes, marzo 24, 2009
Bajo el abrigo. Solución.
A veces, el frío cae sobre tu espalda, aunque haga calor, frío cortante, que rasga, frío y soledad de silencio, de secreto.El día se torna gris y cae sobre el balcón de tu estancia, puede que con razones o sin ellas. Y ves la lluvia que se desploma en el suelo y parece que nunca quiera parar de llorar, bien con el negro de la tristeza, con la acidez de la impotencia, con la sangre del dolor.
Te paseas por las tiendas de moda y muchos son los abrigos que te pueden saludar desde sus escaparates de la vida: de toda clase. No dudo de que también son reconfortantes, encantadores hasta cierto punto, pero jamás he visto uno tan eficaz como el de mi armario. El de mi ropero tiene nombre propio, se llama Familia. Mientras que los otros pueden no tener garantía asegurada- quién sabe- éste sí que la tiene. Casi todos suelen tener un verdadero abrigo de Familia, pero no siempre lo vemos. Somos afortunados de al abrir el armario, poderlo encontrar ahí y poder recurrir a él bajo su refugio en los días en que un aire glaciar abofetee nuestros cuerpos, porque no todo el mundo lo tiene. Hay abrigos que tienen un vínculo especial y ni la distancia ni el tiempo pueden con ellos, eso creo que dicen las estrellas.
Aquel día, no lo necesitaba especialmente, pero lo sentí igual, porque creo que sí que tenía los ojos abiertos. Fue una tarde agradable. Seguimos soltando palabras al viento, tratando de dar con la clave de ese acertijo que os conté en el anterior post.
- Es muy sencillo- respondió finalmente el pillín.- Alguien me coge en brazos y me lleva hasta el vaso. Yo no soy el que entro. No me molesto, ni piso el suelo, eso lo hace el otro por mí. A mí simplemente me llevan.
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domingo, marzo 22, 2009
Adivina, adivinanza ¿Quién será el ganador?
Villajoiosa, España (2008)
El buen tiempo empieza a abrir los ojos, como siempre lo hace año tras año, primavera tras primavera. Y lo llena todo de vida y de color: la gente, animada, dibuja esferas de movimiento en la semiluna del mundo y se deja seducir por el cálido abrazo del tiempo. Caminamos... Somos pinceles, pinceles de vida de una ciudad dormida por el invierno.
Parte de mi familia lejana, también se deja acariciar por este aroma mediterráneo que ha dejado su furia de invierno atrás. Esa personita, siempre nos trae regalos, sin esperarlo, sin necesitarlo. Me abraza, me colma de besos y no me siento muy capaz de responder con lo mismo.
- Están muy guapas y muy majas- ella siempre dice algo así y su mirada es un cúmulo de amor.
El otro, siempre nos sorprende y entretiene con su ingenio. Su maleta de refranes, chistes y acertijos es su inseparable compañera.
Nos sentamos en una cafetería. Desde afuera se puede ver la barra. El mar azul turquesa nos mira y nos susurra al oído. Él se prepara: dibuja en su cara esa expresión pícara, típica de cuando quiere lanzar un nuevo ataque de espada. Dice:
-He pedido una cañita de cerveza. El vaso ha quedado dormido sobre la barra: el camarero no me lo ha querido traer. Yo estoy aquí fuera, sentado y el vaso ahí dentro, esperando a que vaya a por él pero, yo no quiero ir ¿Cómo puedo beberlo sin entrar y sin que nadie me lo traiga?
- No puedes- me parece oír a alguien.
- Sí. Hay una forma.
Nuestras cabecitas locas, empiezan a bullir, a trazar incluso soluciones inimaginables. No tenemos ni idea. Os pregunto: ¿cuál creéis que es la solución?
P.D: Al final el pillín habló. A ver si acertáis. La solución, en el próximo post.
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miércoles, marzo 18, 2009
Canción de primavera.

El señor de cabellera dorada sonríe desde arriba, cada vez con más fuerza, envolviendo nuestros cuerpos en su cada vez más cálido abrazo. Pero, puede que algún día retire su abrigo y despida un temporal adiós. Por eso, un armario, un armario con ropa engullida, ropa de toda raza, condición y color, puede ser un gran problema para algunos, una gigantesca y absoluta interrogación. Te paras, te plantas frente al armario, desafiante, y te mira y le miras. Le preguntas, te preguntas y no sabes. Y te vistes, intentando dar con el acertijo del tiempo. Días locos que emiten carcajadas al viento, como una vil burla, hasta que la diversión se convierte en costumbre y la costumbre en irremediable conocida y es entonces cuando se pierden por el horizonte.
Nacen flores de abril, de mayo, de marzo... Pintan el mundo con sus alas de acuarela. Y cantan y bailan con el viento, susurrando la canción de Primavera. Y los alérgicos tendremos que tener cuidadito: ¡No olviden los antihistamínicos! Pero, salir a abrazarla es una buena idea ¿no creen?
¡Bienvenida, primavera!
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domingo, marzo 15, 2009
En busca de un gran rey.

Un pariente mío y su familia nos hacen una visita. Viene, se sienta, se sientan. La conversación va fluyendo, lenta, sin pausa, pero con la suavidad de un joven riachuelo. Y fue en ese momento, cuando de repente, saca un regalo que tenía muy bien guardado bajo el brazo, experiencia de una conocida suya: es un viaje, un viaje a África. Y así nace la historia que les voy a contar a continuación. Así viajo y así sueño.
Marian y su pareja al fin habían roto el espejismo y de un golpe seco y rotundo habían hecho añicos el cristal de irrealidad ¡Al fin estaban allí! Era tan hermoso... ¡África! ¡La gran África! Una sensación extraña envolvía cada uno de sus cuerpos como un gigante abrigo protector: era la naturaleza salvaje en su estado más puro y el tiempo, ese tic tac incesante y ajetreado que tan bien habían conocido en Europa y que ese día, cuando partieron, les había dicho adiós y ellos ni si quiera se habían dado cuenta. África era así: mágica, natural y pura como ella misma. A África no parecía importarle mucho las horas, eso pensaron ellos, quién sabe si equivocándose.
Allá, a veces cerca, a veces lejos, las chozas salpicaban el paisaje y se dejaban ver con sus hermosos vestidos estampados de sencillez, a veces incluso junto a las un poco más acomodadas estancias para los turistas que levantaban sus cabezas quizás orgullosas.
Un Jeep, otros turistas y un agradable guía formaban parte de sus días allí. Y el Jeep, que a veces, sin querer queriendo, imprimía sus huellas sobre el terreno, terreno de libertad y éste que corría libre, kilómetros y kilómetros hasta llegar a la gran valla.
- No salgáis del coche- les había advertido el guía.
Quién sabe a cuántos animales sorprendieron con su presencia o ¿no deberíamos decirlo al revés? Búfalos, cebras, ñus... La cámara era una buena compañera de viaje, sin duda: capturaba momentos, espacios, gotas de tiempo y las convertía en eternidad, siempre lo hace. Y de repente, ahí estaba un todoterreno animal : ¡un elefante! ¡un elefante grande y hermoso!
- ¡Paren el vehículo! ¡Párenlo ya! ¡Por favor! - a Tim se le hincharon los pulmones. Todo aquéllo era majestuoso, tanto o más que la más lujosa corona del Universo y no estaba dispuesto a tener que quedarse más en el Jeep si podía admirar esas maravillas de más cerca. Se bajó de él de un brinco, pese a los reproches de sus compañeros y del guía, avanzó incontables pasos y se puso frente al animal. Éste barritó pero, el ruido fue tan fuerte, tan estruendoso, tan brutal que no hubo dudas de que estaba realmente enfadado. Entonces, su pesado cuerpo empezó a correr a correr y a correr como pocas veces lo había hecho, como un gigantesco y terrorífico monstruo.
- ¡Socorro! ¡Socorro!- Tim también corrió como si se le fuera la vida en ello y como pudo saltó al Jeep. Todos rezaron para que pronto el enfurecido gigante quedara atrás: el Jeep no tenía cristales en las ventanas ni puertas delanteras. Y al fin, el deseo se cumplió, se cumplió porque tenía que cumplirse.
Sí, pese a todo, todo aquéllo era de una belleza increíble, tanto que las cámaras, los vídeos y demás, por más que intentaran capturarla, sólo lograban hacerla más imperfecta. Sí, todo aquéllo era magnífico pero, ¡no habían visto al llamado Rey de la selva! ¿Dónde se había metido? ¿Contarían que estuvieron en África y que no vieron ningún león? ¡Cómo! Pero, cuando las esperanzas ya habían arrojado sus pompones de animadoras y habían bajado sus brazos muertos de ilusiones, el guía anunció:
- ¡Mirad! ¡Huellas de león!
La oscuridad ya caía, negra como el azabache y no había, como era natural, ninguna luz que la arropara, sólo las débiles luces del Jeep, sólo eso. Hija solitaria, hija de la más sincera noche. El guía se limitó a seguir las huellas con mucha calma y meticulosidad.
- Ahí lo tenemos.
Un león medio dormido apareció de la nada.
- ¡Eh! ¡Eh! ¡Estoy aquí!- lo llamó.
No sabe lo que pensaron los demás pero, Marian, apenas se atrevió a mirar. Se encogió sobre su cuerpo aterrorizada y así permaneció unos interminables segundos, minutos, qué sabe ella, hasta que vio que no pasaba nada. Alucinaba: era increíble ver cómo aquel hombre se plantaba delante de la fiera, bien firme y derecho como si estuviera ante un dulce minino. Y el "dulce" minino se levantó y le miró impasible, a él y a todos los del vehículo, que tímidamente sacaron sus cámaras y lo inmortalizaron en el tiempo. Y luego, se fue, calmo, en busca de otro remanso de paz.
- Éste ya ha comido- dijo despreocupadamente el guía.
Jamás olvidarán este viaje que ya ha sido archivado en la habitación de sus memorias.
ÁFRICA, LA GRAN ÁFRICA.
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miércoles, marzo 11, 2009
En silencio.
Su amor fue tan intenso que les dejó con agujetas. Todo empezó de la forma más simple: con el simple toque de un sueño. Una palabra, unas risas y una sensación extraña, burbujeante: burbujas y burbujas que no paraban de bullir en sus interiores. Sólo fue eso: un roce. Pero, éste fue el desencadenante de muchos otros más. Aquéllo era como alguna especie de máquina tonta, loca y acelerada que por algún lado del camino había perdido su freno. Pero, no les importó. Juntos decidieron embarcarse en ese viaje de sueños. No sabían cuál sería su destino pero, creían saberlo: al menos ella. Pero, un día, un mal día, algo cambió: sus visitas, las visitas de él, se quedaron sordas, fueron espaciándose poquito a poquito. Su mirada se volvió ópaca, fría, carente de color y su voz tan lejana... No lo comprendía, lo pensaba y lo pensaba y no lo comprendía. O quizás sí... la verdad, se deslizaba ante sus ojos como una hoja de papel pero, no quería admitirlo. Trató de afixiarle con sus besos, con su amor, pero, la respuesta siempre era la misma: insípida, lejana, un eco que se perdía en el horizonte. Lo aceptó, se descalzó y se fue yendo despacito, de puntillas, para que él no lo notara. Pero, aún así, dudaba de que él lo hubiera notado.
Hoy, hoy, ¡hoy! ¡Maldito hoy! Volvió a pasearse por su calle. Era luna llena y la calle estaba apretada de gente, de sabores y de olores, pero estaba vacía.
Ayer, ¡desgraciado ayer! Le mandó un mensaje al móvil, deseándole feliz cumpleaños y ni si quiera la contestó. Y ¿para qué seguir contando? Supone que el mundo debe de estar lleno de idiotas como ella - perdonen, pero así los concibe a ellos y a ella- que seguirán sembrando corazones en un campo yermo, marchito, a veces en silencio, otras, con voz propia, corazones que morirán bajo el sol de infierno, sequía y desolación. Seguirán echando corazones hasta que la cesta se quede vacía. Y no lo sabe, ni lo saben: quizás otro día encuentren otro idiota y entonces, ese adjetivo IDIOTA, se borrará de sus mentes y nacerán pétalos de primavera o quizás, simplemente desaparecerá, se volverá blanco como una hoja blanca de papel.
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domingo, marzo 08, 2009
¿Otro paseo?
-Si es que el cuerpo está hecho para andar - afirma mi hermano.
Y nosotros, lo malacostumbramos, lo maleducamos, a veces por comodidad; otras, porque no nos queda más remedio o ¿serán excusas?
Ayer, por primera vez en mucho tiempo, salí a caminar. Era una mañana agradable en la que en un principio, un viento reboltoso se divirtió despeinando nuestros cabellos pero, después, como un niño pequeño que se cansa de su nuevo juego con sabor a travesura, dejó de susurrar su presencia para largarse a quién sabe qué lugar. Entonces, un calorcito primaveral nos reconfortó, abrigando nuestros cuerpos.
¿El lugar? El pantano de Elche, una localidad situada al sureste español. No era la primera vez que el pantano y nosotros nos encontrábamos. Antes, no era más que un enorme agujero barroso que pedía a gritos un poco de agua, un poco de piedad. La gente se entretenía pasándolo de un lado a otro incluso por el borde de la presa. Hoy, tiene una cara nueva: el Ayuntamiento de Elche decidió darle los mimos que se merece, después de tantos años en los que sufrió el abandono, tan punzante y doloroso, tan letal.
Mi hermano, fue tan amable de dejarme su cámara con la que hice varias fotos, entre ellas éstas (excepto la última). Espero que os gusten.
A penas se ve, pero, en el comienzo del viaje, una línea blanca y brillante rodea aquella porción de horizonte lejana. Mi hermano cree que son nubes bajas que han sido desplazadas hasta el lugar.
¡Cuidado!
Ya falta poco...
¡Paciencia!
Aquí vienen los señores ciclistas.
Desde aquel punto, apenas se podía ver lo que por aquí llaman pochas, una especie de patitos negros que nadaban siempre cerca de los matorrales; quizás una de las razones la descubriríamos bien pronto: de repente, una especie de señores, planearon sobre sus cabezas, interrumpiendo el plácido baño matinal. Eran los terribles aguiluchos.
- ¡Corred!- avisó uno de los patitos y juntos acudieron a esconderse entre los impeturbables matorrales.

Un pie ¿de quién será?

Pasar por aquí, era un poco peligroso...
A nuestra vuelta nos encontramos un fósil (centro de la imagen), evidencia de que en algún tiempo lejano, aquéllo fue mar. Alguien cree que es un triglo no sé qué (así lo dice, ya que no le sale el nombre entero) ¿Alguien lo sabe?
Alguna gente viene aquí a buscar estas pequeñas marcas del pasado.
Nada hay como regalarse, por ejemplo, un enorme paseo de vez en cuando, despojándose de pesos y preocupaciones ¿no creéis?
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No hace mucho, Lunaria me dio este premio ¡Gracias Lunaria!
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Esther
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miércoles, marzo 04, 2009
¿Espejo de futuro?
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Esther
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