sábado, septiembre 27, 2014

Carta VII.

Querido:

Hoy, apenas logré recordar el número que le correspondía a esta carta.

La verdad, es que esto surgió de la idea más tonta o, más bien,  de un estruendo espantoso: el de tu ausencia. Porque la ausencia se convierte en lluvia y, peor aún, en hielo que petrifica tu corazón, un corazón que está lleno de vida y que quiere amar. ¿Por qué publicar algo tan íntimo, tan... nuestro? Porque el desorden aúlla en cada uno de mis sentidos. Porque el mar de mi conciencia es tranquilo. Porque soy una fuente transparente y principalmente, porque no sé dónde estás. Esa es la pregunta: DÓNDE ESTÁS. La eterna pregunta llena de silencios. ¿Subiste las escaleras del Universo? ¿Quizás te colaste por la rendija de mis sueños? ¿Vives en una ciudad del Oeste? ¿Te estarás cepillando los cantos del lago dulce de tu boca? ¿Me soñarás?

Una mano acaricia la cartografía de las sábanas y las arruga, desechando la idea de que tú no estás. ¡Estás! ¡Estás! ¡Estás! Por eso, me sacarás de las migajas del amor y de las voces humanas que solo te hacen sentir soledad. El corazón está cansado de soñar, de juegos dulces de crueldad, de que acojan las páginas de tu libro para, luego, dejarte en el estante. Quisiera ser un capítulo de nunca acabar. Que me arranquen esta espada de soledad. Que arañen mi piel y fundan mi sangre. Pacto de sangre. Pacto sin final.

Querido, dónde estás. Por qué sigues permitiendo que me torture con músicos de tulipán que, luego, se quedan sin voz. Y llega el invierno y mi alma se enfría y llora y sufre porque no quiere frío, porque quiere un hogar, un hogar de corazón. Basta de alquileres insensatos. Los hogares temporales no son para mí porque aspiro a la eternidad, a ti.

Querido, por qué no deja de doler. Estoy cansada del silencio, de palabras frías, de que tornen a envolverme en las cortinas de la oscuridad. Quisiera que tú me miraras. Quisiera ser de luz.

Ven aquí y olvidaré a todos aquellos que no me supieron valorar. Trato de crear mis propios muertos, pero me sería aún más fácil si estuvieras tú.

Y no sé ya ni cómo suplicarte: ¿haré alquimia o magia negra?

Ven y hazme olvidar todos esos rechazos, todos esos utilitarismos a los que me intentaron someter. Ven, ven a mí y no me sueltes jamás.

Y aquí te mando esta carta, allá donde tú estés. Internet nos proporcionó la gran oportunidad de comunicarnos: quizás estos caracteres de un binario encubierto lleguen a una lejana constelación, a aquella en la que se esconda tu belleza.

Hasta... el presente de un futuro corto y largo, finito o infinito.

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