
Como todos los días, se pone frente al mostrador, incansable, estoica como un fuerte roble. A veces, marido e hijos la acompañan o deambulan por las inmediaciones. Ojos chinos que con gran arte esconden un adiós y una huida. Ahora, España es su casa: ya sabe que muy posiblemente jamás volverá a su tierra. Trabaja de sol a sol, de lunes a viernes, sábados e incluso domingos. Precios bajos y amables que invitan a los españoles e inmigrantes a acercarse tímidamente: el negocio marcha bien.
Allá, en China, su hija mayor llegó como las tormentas de verano, como las olas del mar. Lo reconoce: no fue bien recibida por los demás. El mohín de decepción en el semblante de su marido, los lamentos del abuelo... Un hombre era el orgullo de la familia, un hijo varón. Con la ley china que no permite tener más de un hijo, el sueño y la honra de tener un hijo varón quedaba reducido a un simple montón de escombros. La maldición de la deshonra había caído sobre la familia, la humillación silenciada acecharía desde la oscuridad a no ser que la hija acabara en un orfanato, burdel o simplemente no fuera registrada como una ciudadana más. Pero, cuando fue puesta en sus brazos, incluso cree que antes, desde que empezó a crecerle la barriguita, notó como una conexión especial, algo imposible de describir con estas palabras imperfectas. No, ella no era capaz de hacer lo que hizo su tía, que abortó directamente. A pesar de su decepción inicial, el marido acabó contagiado de la magia de la futura paternidad. En el fondo él también era un entusiasta y rebelde como ella ¿o no? Y huyeron de su querida y bellísima China, un país donde el castigo cayó de la nada y se asentó en sus tierras con un beso negro.
Viéndoles quizás se pueda rescatar un pensamiento inconsciente:
- España está bien pero, mi país...
Lo saben: difícil volver todos juntos. Se conforman con las fotos retenidas en la cámara fotográfica de su memoria, con amar a su China desde la distancia y desde el círculo invisible de lo escondido trasmitir ese amor de padres a hijos.
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