Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas. E imprimieron sus pasos sobre el papel, nítidas, ligeras, libres como el viento. Se sentó frente al papel e hizo el amor, una vez más. Hoy, ayer, quizás mañana, nace un nuevo texto; quizás forme parte de un libro o de una melodía... Caricias de lápiz, entrega... Quizás así naciste tú. AMOR, amor con mayúsculas, poderosa palabra, tan grande que es capaz de crear cualquier cosa: amor de pareja, amor de madre, de escritura... Hilvanas pensamientos, atrapas el latido de un corazón, te pierdes en paraísos ajenos a la memoria del mundo y los conviertes en palabras, quizás. Una línea que se dibuja, deja entrever una letra y crece y crece y se convierte en algo mayor. Puede ser que hoy tatúe un papel o recorra unas páginas una vez más, mientras una bella estructura hecha melodía me sorprende, me abraza en mis días de historia.
La profesora P. me llevó a tu mundo. Luego, fue mi hermano. Recuerdo a P. con sus rizos inmersos en un color caoba. Ella también hacía el amor en la lectura, se notaba; creó una pequeña biblioteca para nosotros, intentando internarnos en sueños de papel. Fue allí donde te conocí y te separé de tu castillo de madera, por siempre jamás. Nunca fue mi intención escribir un"separado, por siempre" pero, lo olvidé: olvidé devolverte a tu lugar de origen. Y después de que mis ojos escurriñaran todos tus secretos y destruyeran tu barrera particular de misterio, te dejé sobre la estantería, dormido en la marea monótoma del aburrimiento y del olvido bajo la que tantos libros se ahogan. Pero, hoy, fue diferente; hoy, tú fuiste el elegido. Un código cayó sobre tu piel, unas etiquetas, un saludo, tu voz. Y cuando aquéllo sucedió, me encaminé hacia el lugar previamente anunciado y hacia la hora. Abrirás tus páginas al mundo, respirarás libertad. Y yo te observaré desde la distancia, desde el diario que Bookcrossing ha creado para ti; nuevas personas, nuevos lugares compartirán tu amanecer. Quién sabe si algún día, si salgo de caza, volvemos a encontrarnos; los caminos siempre son así: alimento de los pasos. Caminos que se juntan, danzan en sintonía, se pierden en las siluetas de penumbra y se vuelven a encontrar. Camino, camino a veces demasiado arduo, donde te asaltan personajes tentadores como la señora Venganza, esa bruja, esa delicatessen que a la larga puede convertirse en un agijón de veneno. Y el amor te habla y te dice:
- Rodéate de mí. Sé yo, alójame en tu alma y verás como entonces todo es amor.
Les dejo un tema que me encanta, otra de las maravillas que creó el amor. Tantas cosas hace... aunque ya se sabe que no siempre llueve al gusto de todos.
Los lunes que quedan- Los años que nos quedan por vivir.
Doy las gracias a Patricia por este bonito premio, una vez más ¡Gracias!
domingo, abril 26, 2009
Entrega de libertad.
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Esther
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sábado, abril 18, 2009
¿San Valentín?

[Juego de Sechat, en El cuentacuentos].
La niñata miraba a ese par de novios sumidos en sus caricias. La niñata se entristecía, soñaba y escribía la palabra “amor” dentro de su cabeza, en su corazón, y sonreía al creer que la atraparía, algún día. Pero, hoy despierta. Los vecinos que se comían la boca a besos, que creían que sabía a caramelo, se perdieron en direcciones contrarias. Y descubrió que ese “te quiero” siempre estuvo muerto. Hoy, día catorce, paseará indiferente. Porque ella lo sabe, se lo ha dicho el día catorce, quizás.
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Esther
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Etiquetas: Historias reales para el cuentacuentos
miércoles, abril 15, 2009
Mujer en la fragua.
Sechat creó un foro, con un taller de escritura, donde todo aquél que se apunte será bienvenido. Yo me animé en hacer el segundo reto que consistía en ambientar una narración en una fragua, utilizando las palabras que pongo en color. ¿Te animas?
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Mujer en la fragua.
Contaban que en la fragua- ahora abandonada- vivía un viejo brujo, muy bueno en sus predicciones. Tanto había oído hablar de él que movida por la curiosidad no pude evitar acercarme. El destino siempre es un arcano, un misterio que no todas las personas tenemos la dicha de conocer. Ésta podía ser mi oportunidad de levantar el velo de misterio, la cortina de humo de mi siempre futuro incierto. Futuro incierto, le quitaría ese apellido, quizás.
Aquel lugar era extraño pero, él había logrado que un abrazo acogedor envolviera toda la estancia, todos los poros de su piel. Los cuadros de madera pesada, rudos, colgaban de las paredes. Parecían cargar siglos y siglos de vejez. En la esquina derecha del fondo, un enorme ábaco de ébano alzaba su cabeza bien alta, mostrando el sello de su majestuosidad. Pero, lo que más llamaba mi atención eran los enormes matraces con líquidos de colores inimaginables que burbujeaban sin control sobre una anciana mesa. Y allí estaba él, con su cuerpo encorvado y su masa salvaje de pelo gris. Vestía ropas haraposas, raídas por el tiempo- a decir verdad, todo ahí parecía viejo. Ahora, fijaba distraído, la vista en las letras de un viejo pergamino, ayudándose de una lupa.
- Buenos días.
El anciano levantó torpemente la cabeza.
- Buenos días.- Dijo al fin- Viene a que le adivine su futuro, ¿verdad?
- Sí.
- ¿Sobre su futuro en general? ¿Amores? ¿Trabajo?
- Sobre mi futuro en general.
- Pero, le advierto que sólo puedo adivinar el futuro más próximo.
- No importa- contesté.
Sin mediar más palabra, el brujo se arrojó en su trabajo pero, el espectáculo fue espeluznante, no me lo esperaba en absoluto. Movió, no sin esfuerzo, un elegante armario detrás del cual apareció una puerta enorme, imponente, vestida de telarañas, las cuales apartó bruscamente. Entró. Un ruido vociferó desde el interior y salió. Era el lastre de una mesa, aterrida y traumatizada por el horror que portaba su estampa. Arañaba el suelo con uñas, dientes, sangre, pero el empuje del anciano, aunque forzado, fue más fuerte. Y salió, salió la mesa de los horrores. Un cadáver, un cadáver inerte, frío, putrefacto. Un horroroso cadáver. El destello de un bisturí emitió su sonido de muerte una vez más y yo no pude seguir mirando. Brujo, me dijeron, pero nadie me había contado que era un nigromante.
- Ojos, nariz, pleura, lengua…- fue diciendo.
Los oídos me iban a estallar. No quería seguir escuchando. Quería que esas palabras fueran huecas, vacías de contenido, que su esencia se perdiera lejos, alto, muy alto, más allá de los árboles, que muriera como lo hacen las nubes de vapor rendidas ante la hermosura de la cara del buen tiempo. Pero, era inevitable, era inevitable que esas palabras no zumbaran en mis oídos, torturándolos con sus terribles latigazos. Parón. Silencio, bendito silencio, al fin. Le oí meditar. Entreabrí la persiana improvisada que había creado sobre mis ojos, la entreabrí y fijé la vista en el hombre de cabellos grises, intentando desenfocar el terrible objeto que se encontraba justo a su lado. Se hallaba él frente a una gigantesca olla que escupía un líquido espumoso y verde, sereno, congelado en una expresión de concentración y… su muñeco de trapo; de nada sirvió taparlo entre las brumas de la borrosidad. Siguió frotando, frotando ante mis ojos y de nuevo acudí al refugio de mis manos.
- Caerás de la dorada fortuna. Pobre tú serás - predijo.
Reí ¿Cómo una mujer de éxito como yo va a terminar así? Imposible. Le di al viejo la suma de dinero que me pidió a cambio de sus servicios y me arrepentí al instante de tan absurda aventura. Pero, sorprendentemente, el viejo no se equivocó; no saben lo duro que es no tener ni un mendrugo de pan que llevarse a la boca, ese dragón de hambre que revuelve tus entrañas, esa fiera ruidosa que te ruge, te muerde, te quema por dentro y que ni siquiera puedes calmar. Mis manos se han manchado de bienes ajenos, mis ojos viven la mala vida… Ya no hay sol para mí.
El otro día, fui al museo. En un principio, mi intención era robar; después, dormir y quizás robar. No imaginan lo difícil que es mangar a veces. Cuando ya estaban a punto de cerrar, el guardia me descubrió y pese a mi insistencia, no supo ver mi sed, mi carencia: me echó a patadas.
- Sé mujer de fe. Honrada y respetuosa- decía mi padre.
Pero, el hambre es negra, eso dicen y así soy ahora: oscuridad. Lágrimas, lágrimas de mi alma que corren como ácido corrosivo y que ni siquiera me dejan ver quién soy.
¡Ay! Amable lector, tengo que confesarle que le he engañado. Tan sólo actué con mis palabras. Ahora, despierto. Fue por esa mujer que pasea su figura famélica por aceras y avenidas. Esperando, siempre esperando en compañía fiel de su perrito. Mujer, mujer perdida. Mujer fuerte. Una compañía quizás distinta a la de ayer, la envuelve en un váter público. Y fumándose un porro, inyectándose, sangrándose, viaja a un mundo de cristal. Túnel perdido. Túnel de irrealidad real.
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Esther
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4:05 PM
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Etiquetas: Foro de Nuncajamás con tinte de realidad.
martes, abril 07, 2009
Verdades.
Hay verdades que se asoman a la ventana de tus días, que te miran a los ojos, fijas, sin piedad: ni un leve pestañeo, ni una mísera tregua. Arañan las paredes, gritan al oído de tus pensamientos, espían, siempre espían.
Durante un tiempo, miré a la muerte, oscura y tenebrosa.
- También vendré a por ti- dijo- algún día.
Las lágrimas brotaban inconsolables, en caudales descontrolados de temor. Sal, amargura, sal: sal de alma, sal salina. Así pasa en ocasiones. Y el tiempo te enseña a que a veces es mejor bajar la persiana. Pero, aun así, en ocasiones, la verdad la levanta y te toma desprevenido, dormido en el letargo de tus días y duele, quema, araña, molesta. Pero, por suerte, tenemos esa capacidad de perdernos en nuestro mundo de hoy o en el de nuestros sueños, aunque sea por un instante. Quizás sea una forma de no morir. Abrigo de sueños, sabor a rutina, quizás sean un buen alimento.
P.D: no tengo internet, y no sé cuánto podrá durar. Discúlpenme si estoy más ausente, tardo en contestar algún que otro e-mail. Menos mal que hay facilidades y quizás no se note mucho mi ausencia pero, no lo sé aún. Discúlpenme.
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Esther
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3:12 PM
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Etiquetas: Fuera del cuentacuentos...
viernes, abril 03, 2009
Pasó en un juego.
Aquel edificio era todo blancura, por dentro y por fuera, como si quisiera conservar dentro de la gran caja de ladrillos los últimos rayos de luz, quizás para prevenir la futura, mencionada y requetemencionada huida del mundo. Sólo algún que otro objeto aislado se empeñaba en interrumpir ese paisaje homogéneo, salpicándolo con motas de color. Si no fuera por ese ambiente semihospitalario, hubiera jurado que incluso era agradable. Todos los habitáculos parecían haber sido diseñados para encajar perfectamente en ese puzzle luminoso: la sala de bolsas de hematíes color escarlata; la de plasma, a una temperatura capaz de cortarte la piel...
El médico nos condujo a una sala de charlas. Parecía que de sus labios fuera a brotar un aburrido monólogo pero, no fue así: nos hizo viajar en el tiempo y con su brocha de palabras, como el gran artista hace, consiguió imprimir en nuestros rostros, sorpresa, horror, intriga... y fue así, como también me colé en ese agujero del pasado.
Ahora, soy un fantasma, un espía sin remedio, sin culpa pero, pecando igualmente.
Juan y Pepita ya están ahí, tratando de consumir los pocos minutos de la quizás inquietante espera.
-Todo sea por ayudar a otros- piensa él. Sí, donar sangre es una buena acción.
Una puerta se abre y aparece el médico, el mismo médico de la charla. El mismo.
- Puede pasar- anuncia. Pepita, sigue a su Juan, el Juan de su alma, con su colección de "te quieros", aunque él ni los miente, ésa que la sujeta, que la mantiene firme cada vez que desea huir. Pero, su procesión de devoción queda interrumpida.
- No, usted, no. Esto es confidencial - Pepita hubiera preferido entrar, enterarse de todo pero, la firmeza en la voz del médico la hace detenerse.
La puerta se cierra. Sentencia final. Una batería de preguntas, algunas incómodas, recaen sobre él sin piedad.
- ¿Ha mantenido prácticas de riesgo?
- No- y es un no.
El paciente va pasando las diferentes pruebas a las que le somete la persona de la bata blanca. Parece que es un buen donante: aguja, extracción. Sangre, sangre que pasará un control de calidad. Fin por hoy. Pero, aquella mañana, la voz de teléfono no para de sonar.
- Venga usted, por favor. Esto no se lo puedo contar por teléfono.
Venga usted, había dicho el doctor. Un sinfín de por qués y una preocupación ácida, agria, amarga martillean su cerebro, una, dos, cien mil veces.
Otra vez la misma sala, el hombre vestido de blanco, ese hombre que torpemente intenta modelar sus palabras como al tratar con un delicado jarrón de porcelana, con cuidado, con suavidad de algodón. Pero, no lo logra del todo. Esa frase terrible tiene que salir, íntegra, completa, con sentido.
- Tiene SIDA.
- ¡¿Qué?! Debe de ser un error. Siempre he sido muy honrado y he llevado una vida normal. Nadie en mi familia tiene SIDA tampoco ¡No lo entiendo!
- ¿Está usted seguro?
- ¡Que le he dicho que sí! ¿Cuántas veces tendré que repetirlo? ¡Es imposible!- y era un sí, un sí y un sí.
En el rostro de Pepita se refleja un sentimiento de culpabilidad.
- Quizás, te lo pegué yo. No hace mucho, me acosté con un tipo. No sé ni quién es.
Juan se para en seco. Su rostro, su gestos, su voz se han congelado en el tiempo, en este tiempo de máquina loca.
- Pe...pe...ro ¿Cómo pudiste hacerlo?
- Pérdoname, cariño. Sólo fue sexo. Nada más.
El asombro dio paso a un mohín de furia.
- Necesito irme- dijo él al fin.
Y salió dibujando patadas en el aire, como si eso pudiera apaciguar su rabia y su herida mortal.
Y sí, en efecto: ella también tenía SIDA; una prueba vale más que mil palabras.
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Esther
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8:40 PM
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Etiquetas: Fuera del cuentacuentos...

